Biografía
Radhamés Aracena fue locutor, productor discográfico y empresario dominicano. Levantó la emisora, el estudio, la fábrica de discos y el sello que sacaron la bachata de los bares y la metieron en todas las casas del país, y lo hizo mientras el resto de los medios dominicanos se negaba a poner esa música.
Una tienda en El Conde
Nació en Santiago en 1930 y se crió en la capital, que en esos años llevaba el nombre del dictador. A los dieciocho, todavía en la escuela, se metió en una emisora y le pidió al director una oportunidad frente al micrófono. Se la dieron, y en pocos años era una de las voces más conocidas del dial.
Su programa era una hora de música seguida de una hora entera de anuncios. Cobraba casi nada por el aire y se lo vendía a colmados y negocios de barrio, y lo llamativo es que el público se quedaba a oír la publicidad. Esa intuición —que la gente común aguanta lo que sea si suena a su propia vida— es toda su carrera posterior en miniatura.
En 1955 abrió una tienda de discos en la sala dividida de la casa de una viuda, cerca de El Conde, la calle elegante del comercio capitaleño, con un tocadiscos prestado para que el cliente oyera antes de comprar. Tenía los derechos locales del sello mexicano que editaba a Pedro Infante, y fue sumando: el catálogo del bolerista Lucho Gatica, una casa colombiana cuya música de guitarra se vendía muchísimo en la isla, y con el tiempo la RCA y la CBS.
Cuatro años después se mudó a un local de verdad sobre El Conde, y ese mismo año la familia del dictador montó una prensadora y prohibió importar discos extranjeros, que era exactamente todo lo que él tenía en los estantes. Mantuvo el negocio a flote poniendo una máquina de pinball en la tienda. También empezó a grabar grupos locales con un micrófono y una grabadora, y de ahí sale lo demás.
Guarachita en el dial
La dictadura terminó en 1961 y los equipos de un sistema de medios controlado salieron baratos al mercado. Compró un transmisor y una licencia, se pasó un año probando, y en 1964 puso Radio Guarachita en el 690 de AM.
El edificio tenía dos pisos. Arriba estaban los estudios y un radioteatro con capacidad para ciento cincuenta personas donde se transmitía en vivo, con la cabina principal abierta a quien entrara. Abajo vendía electrónica, sobre todo piezas para reparar radios y televisores, lo que dice con bastante precisión a quién esperaba tener escuchando.
Arrancó poniendo los discos mexicanos y cubanos importados que surtía en la tienda, con la idea de que una emisora debía sonar fina. Después miró quién lo oía de verdad: gente recién llegada del campo a la ciudad, que quería la música de guitarra de aquí y a la que no le importaba que estuviera mal grabada. Renunció a la finura y les dio lo que pedían.
No fue el primero, fue el que llegó
Suele decirse que fue el primero en poner bachata en la radio. No lo fue, y la mejor autoridad para decirlo es él mismo, que le reconocía a Cuco Valoy haber sido el primer disc jockey del país en ponerla al aire: Valoy lo hacía en otra emisora y bajo un nombre inventado, años antes, y un locutor conocido como Charlie-Charlie también.
Lo que Aracena tenía era alcance. La suya era una señal de AM nacional en un momento en que las familias adineradas dueñas del resto de los medios dominicanos habían instalado un boicot declarado contra esa música, a la que llamaban vulgar y estorbo para el progreso. Él los ignoró y terminó con algo muy parecido a un monopolio sobre la difusión del género, que es otro mérito distinto de haber llegado primero, y mayor.
La cola de los sábados
Sus primeros discos se grabaron con equipos hechos para cuñas publicitarias y sonaban a eso. Después de una sesión con José Manuel Calderón en 1962 cuentan que le dio vergüenza dejar que el cantante oyera el resultado. Compró mejores equipos, aprendió a operarlos, y a partir de ahí se sentó en la mezcla de todo lo que sacaba el sello y dibujó él mismo las portadas.
Los músicos empezaron a hacer cola frente a su casa los sábados por la mañana esperando un turno de micrófono. Entre los que lo consiguieron está buena parte de los nombres sobre los que hoy se sostiene el género: José Manuel Calderón, Leonardo Paniagua, Blas Durán, Ramón Cordero y Edilio Paredes. El merengue típico entró por la misma puerta —Tatico Henríquez, Guandulito y Fefita la Grande grabaron ahí— y más tarde también Luis Segura.
Montó el resto de la cadena alrededor del estudio: una fábrica de discos que prensaba para sus dos sellos y también para productores rivales, encima de la tienda y de la emisora. Controlaba la grabación, la fabricación, la distribución y la difusión de la música que vendía, y con eso ningún competidor podía medirse.
La emisora que leía las cartas
Guarachita era además, y esto no es una nota al pie, un servicio de correos. Los locutores leían al aire las cartas y los telegramas de los oyentes a toda hora, en un país donde casi nadie tenía teléfono. Quien llegaba a la capital a buscar a un pariente cuya dirección había perdido podía pasar por la emisora y hacer que llamaran a la familia a encontrarse allí.
La gente dejaba el radio encendido todo el día por si sonaba su nombre. Nada de aquello era caridad —es el mecanismo de retención de audiencia más eficaz que ha inventado nadie en la radio dominicana—, pero convirtió a la emisora en parte de la vida corriente de muchísima gente, y es la razón por la que la música que sonaba entre mensaje y mensaje llegó a todas partes.
Lo que cobraban los músicos
La otra mitad del expediente no favorece. Los músicos de sesión recuerdan aquel estudio, que ocupaba un piso de su propia casa, como un sitio duro: Edilio Paredes y Joan Soriano han contado los dos que los hacían descalzarse en la puerta y tocar turnos de doce horas sin zapatos y sin darles de comer.
Los contratos llevan décadas discutiéndose. Los honorarios eran pequeños, y las familias de artistas ya muertos siguen reclamando regalías que dicen que nunca se pagaron. Tenía además la costumbre asentada de quedarse con el éxito ajeno: cuando pegaba un disco que no era suyo, sacaba su propia versión con alguno de sus artistas y dejaba que la emisora hiciera el resto. En los ochenta se lo hizo una y otra vez a Juan Bautista, regrabándole tema tras tema con un cantante anunciado como El Solterito del Sur hasta que las copias se conocieron más que los originales.
Y aun así muchos de esos mismos músicos dicen que le deben la carrera, y lo dicen sin ironía. Las dos cosas son ciertas a la vez, y cualquier relato que se quede con una sola está describiendo a otra persona.
Perder el país
La bachata cambió en los noventa. Las guitarras se electrificaron, el boicot se vino abajo en silencio a medida que la música se volvía presentable, la diáspora se la llevó afuera, y llegaron sellos extranjeros con presupuesto a firmar a los artistas que él había pasado treinta años criando. Competir con eso era una experiencia nueva para él.
Su respuesta fue mudar Guarachita de AM a FM. Sonaba mejor y le costó lo único que importaba: la señal de AM cubría la república entera y la de FM llegaba a Santo Domingo. La emisora que había hecho un género nacional se quedó en emisora de una ciudad.
Murió en diciembre de 1999, a los sesenta y nueve años, con una pila de proyectos sin terminar. Dos de ellos iban por delante de todo lo que había hecho: un disco de Joan Soriano y un álbum de bachatas cantadas en creol haitiano. Las cintas se perdieron. Los dos acabaron rehaciéndolos otras manos, el de creol quince años después.